Lunes, 11 Enero 2016 00:00

Trauma acústico/sonoro: un lento camino al silencio

En la vida diaria estamos sometidos a un nivel de ruido ambiental que, generalmente, no representa un serio peligro para nuestro sistema auditivo. Los habitantes de las ciudades están más expuestos a ruidos fuertes que los de las pequeñas poblaciones, pero todos nos arriesgamos a experimentar momentos de intenso volumen en la «banda sonora» de nuestras vidas.

Los sentidos pierden agudeza a medida que la edad avanza, la llamada presbiacusia cuando se trata del oído, pero si no lo cuidamos es posible que lleguemos a la madurez con una capacidad auditiva disminuida antes de lo que corresponde. Muchas personas desconocen que el oído que se va perdiendo con una sobreexposicón a los traumas sonoros, repetida a lo largo del tiempo, nunca se vuelve a recuperar. Es un lento camino que acaba en el silencio.
La pérdida auditiva puede tener múltiples causas y se produce por un daño o mal funcionamiento de la delicada estructura del oído. Éste es particularmente sensible a las agresiones que representan los ruidos que sobrepasan un nivel perjudicial.
Los ruidos extremos, o traumas acústico/sonoros, pueden llegar a lesionar la membrana timpánica y otros elementos del oído medio, provocando una pérdida auditiva, llamada pérdida de transmisión porque el oído medio no transmite adecuadamente las vibraciones sonoras.
Sin embargo, las consecuencias más graves y permanentes se producen cuando el trauma acústico alcanza al oído interno, provocando un tipo de daño denominado pérdida auditiva neurosensorial porque afecta a un tipo de células especializadas del oído interno o al propio nervio auditivo.
Las ondas sonoras producen una energía mecánica que recoge nuestro pabellón auditivo y pasa por el oído medio hasta llegar al oído interno. Allí está la cóclea, una estructura en forma de caracol dentro de la cual tenemos un elemento clave, llamado órgano de Corti, que posee unas exclusivas células ciliadas, es decir, pequeños cilios o microvellosidades mediante las que capta las vibraciones. Estas células transforman la energía mecánica que producen esas vibraciones en impulsos eléctricos que recoge el nervio auditivo para viajar al cerebro, donde se procesan e interpretan los sonidos.
Tenemos un número limitado de células ciliadas y el problema es que no tienen capacidad de regeneración, por lo que perdemos aquellas que mueren por traumas acústicos sin posible sustitución. Sin ellas, llegaría un momento en que nos quedaríamos sordos.

Agudo y crónico
Se pueden diferenciar dos clases de traumas sonoros por dos tipos de ruidos, como explica el doctor Antonio Murcia Saiz, jefe del Servicio de Otorrinolaringología de la Clínica Rotger, de Palma de Mallorca. «Por un lado, tenemos el trauma agudo que se debe a un ruido muy fuerte, de 110 o 120 dB, muy grande pero que tiene lugar una vez, como una explosión. Y, por otra parte, tenemos el trauma crónico, que es el que provoca un ruido fuerte de forma continuada, como el que sufre la gente que trabaja en un ambiente demasiado ruidoso, y representa una forma progresiva de pérdida de audición. Cambia la forma en que se produce, pero al final la lesión es la misma».
Un ruido se convierte en perjudicial a partir de 85 dB si se mantiene de forma continuada; una intensidad de 100 dB es claramente peligrosa para el oído, y por encima de ese nivel el daño está garantizado.
Normalmente, el ruido de fondo que produce el tráfico en la ciudad no representa un riesgo de pérdida auditiva. «Otra cosa es la molestia psicológica que produce», afirma el Dr. Murcia. «Las que sí están expuestas son las personas que trabajan con mucho ruido, que según el nivel que alcance deberían protegerse con tapones, cascos especiales o ambas cosas si es necesario. También es frecuente que muchos jóvenes utilicen auriculares a un volumen excesivo durante demasiado tiempo, cada día. Una cosa es escuchar música a un volumen alto durante media hora y otra es pasar así varias horas, porque el oído necesita descanso para recuperarse».
La pérdida auditiva que provoca el trauma acústico/sonoro no se puede recuperar, y sólo en los casos de traumas acústicos limitados que reciben un tratamiento inmediato sería posible aminorar el daño. A diario no solemos permanecer expuestos a fuertes ruidos, pero quienes lo hacen ocasionalmente adquieren plena conciencia del riesgo cuando, por ejemplo, los oídos pitan al salir de una discoteca.
«La sensación de tener un ruido dentro del oído es síntoma de hipoacusia, una señal de pérdida auditiva, como lo es dejar de oír sonidos que antes sí éramos capaces de percibir», explica el Dr. Murcia.
La edad actúa como un factor de riesgo, puesto que el oído es más resistente en los niños y jóvenes, y se vuelve más vulnerable con el paso del tiempo. Otros factores que cabría tener en cuenta son la herencia genética en familias con mayor propensión a padecer una pérdida auditiva, haber sufrido infecciones, tumores u otras enfermedades que hayan provocado lesiones en el oído interno, o el tratamiento con ciertos medicamentos que tienen un efecto tóxico para el oído, que predisponen a una mayor exposición al trauma acústico.

Mitad de volumen, mitad de tiempo
El consejo del experto es evitar la exposición a fuentes de ruidos intensos, motores y maquinaria, explosiones de petardos o la proximidad de potentes altavoces, entre otras. Las personas que trabajan en ambientes ruidosos deben usar tapones u otros protectores. Si al terminar la jornada se sigue escuchando un pitido, es señal de que se está produciendo una pérdida auditiva.
Muchos dispositivos electrónicos advierten de forma automática al usuario sobre el riesgo por exceso de volumen, pero lo aconsejable es escuchar a la mitad del volumen que es capaz de proporcionar el aparato, y no hacerlo durante más de 1 hora seguida.
Todo depende de la intensidad y la duración del ruido, pero a veces también del tamaño: un auricular grande permite una mejor difusión del sonido, mientras que los pequeños que se acoplan en el interior de la oreja provocan un impacto directo en el canal auditivo.
Según las estadísticas, pasamos varias horas diarias frente al televisor. En un ambiente tranquilo como el del hogar se puede escuchar la tele o el equipo de música a un volumen moderado, y es importante ser rigurosos con este principio para proteger el oído de los más jóvenes de la casa.
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